Por Anthony Almonte
A 163 años del inicio de la Guerra de la Restauración, recordar este acontecimiento no debería limitarse al Grito de Capotillo, a una fecha en el calendario o a repetir los nombres de sus principales protagonistas. La Restauración plantea una cuestión mucho más profunda: ¿qué ocurre cuando un pueblo que ya había conquistado su independencia tiene que luchar nuevamente para conservarla? En 1863, ser dominicano volvió a estar en juego y, con ello, la soberanía y la permanencia misma de la República.
Creo que la historia de nuestra Restauración todavía tiene mucho por contar. Existen vacíos, contradicciones y versiones marcadas por las posiciones políticas y personales de quienes participaron en los acontecimientos. Las memorias y crónicas de José de la Gándara, Ramón González Tablas, Gregorio Luperón, Manuel Rodríguez Objío y Benito Monción, entre otros, son fuentes importantes, pero no necesariamente imparciales. Pedro M. Archambault llamó la atención sobre las motivaciones presentes en algunas de estas narraciones, escritas en ocasiones para justificar actuaciones, destacar méritos o responder a rivalidades. Por eso, conocer la Restauración exige contrastar las fuentes y reconocer que la historia suele ser más compleja que la versión que finalmente permanece en la memoria colectiva.
El origen inmediato de esta lucha se encuentra en la anexión a España, proclamada por Pedro Santana el 18 de marzo de 1861. Apenas habían transcurrido diecisiete años desde la Independencia Nacional cuando la República Dominicana dejó nuevamente de existir como Estado soberano. Aunque se habían establecido compromisos como respetar determinadas leyes dominicanas y no restablecer la esclavitud, el descontento comenzó prácticamente desde los primeros días.
El 23 de marzo de 1861 se produjo en San Francisco de Macorís una protesta durante la sustitución de la bandera dominicana por la española. Poco después, el 2 de mayo, el coronel José Contreras encabezó en Moca la primera protesta armada organizada contra la anexión. Contreras, a pesar de ser ciego, tomó la plaza junto con antiguos combatientes de la Independencia y proclamó nuevamente la soberanía dominicana. Aunque el movimiento fue sofocado rápidamente, dejó claro que la anexión no sería aceptada de manera pasiva.
Francisco del Rosario Sánchez también asumió la defensa de la República. Desde el exilio organizó un movimiento armado y penetró al territorio dominicano por Haití en 1861. La expedición terminó de manera trágica: Sánchez fue herido, capturado y posteriormente fusilado junto con varios de sus compañeros el 4 de julio de ese año. Su muerte representó uno de los primeros grandes sacrificios contra la anexión, pero no logró detener la resistencia.
Durante 1863 surgieron nuevos levantamientos en Guayubín, Sabaneta y Santiago. La inconformidad había alcanzado un punto en que la represión ya no era suficiente para contenerla. Finalmente, el 16 de agosto de 1863, un grupo de patriotas llegó al cerro de Capotillo y levantó nuevamente la bandera dominicana. El Grito de Capotillo transformó las resistencias dispersas en una lucha organizada cuyo objetivo era claro: restaurar la República.
Entre los protagonistas de este proceso merece especial reconocimiento Santiago Rodríguez. Su influencia, prestigio, recursos económicos y capacidad de organización fueron fundamentales para preparar el movimiento, razón por la cual ha sido reconocido como el Padre de la Restauración. Junto a él sobresalen José Antonio Salcedo y Gaspar Polanco. Salcedo, conocido como Pepillo, se convirtió en el primer presidente del Gobierno Restaurador, mientras que Polanco desempeñó un papel militar decisivo. Juan Bosch llegó a considerarlo el verdadero gran jefe militar de la guerra, y Alcides García Lluberes lo definió como «la primera espada» de la Restauración.
Estas figuras también permiten comprender que el movimiento restaurador estuvo lleno de contradicciones. Entre sus dirigentes existieron diferencias políticas, rivalidades y disputas por el liderazgo. El propio Salcedo terminó derrocado y posteriormente fusilado. Por eso, estudiar la Restauración implica reconocer a sus héroes sin convertirlos en personajes perfectos. Fueron hombres de su época, con virtudes, intereses y conflictos, pero capaces de coincidir en un propósito mayor: recuperar la soberanía nacional.
Después de Capotillo, el movimiento se extendió rápidamente. El 18 de agosto se produjo en Guayubín uno de los primeros combates importantes y, para finales de ese mes, gran parte de la Línea Noroeste se había pronunciado contra la anexión. Santiago se convirtió posteriormente en uno de los escenarios decisivos. Los enfrentamientos alcanzaron su punto culminante el 6 de septiembre de 1863, cuando la ciudad fue incendiada y las fuerzas españolas tuvieron que replegarse hacia Puerto Plata. El 14 de septiembre los restauradores establecieron en Santiago el Gobierno Restaurador. La rebelión ya no era únicamente una acción militar: comenzaba nuevamente a organizarse políticamente la República.
Sin embargo, la Restauración no puede explicarse solamente a través de sus generales. Una de sus características más importantes fue precisamente su dimensión popular. Campesinos, comerciantes, hateros, propietarios, militares y sectores urbanos participaron de distintas maneras en la lucha. La defensa de la soberanía logró reunir a grupos sociales con intereses diferentes alrededor de una causa común. Sin esa participación, difícilmente la resistencia habría podido mantenerse frente a las fuerzas españolas.
La guerra se prolongó hasta 1865 y concluyó con el abandono de la anexión y la retirada de las tropas españolas. Pero su significado fue mucho mayor que una victoria militar. Si la Independencia de 1844 proclamó el nacimiento de la República Dominicana, la Restauración demostró que esa República ya había desarrollado raíces suficientemente profundas para ser defendida por su población. El Estado dominicano pudo desaparecer jurídicamente en 1861, pero no desapareció el sentimiento de pertenencia ni la voluntad de recuperar la soberanía.
Por eso, al conmemorar el 163.º aniversario de la Guerra de la Restauración, vale la pena mirar más allá del 16 de agosto. Santiago Rodríguez, José Antonio Salcedo, Gaspar Polanco, Gregorio Luperón, Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel, José María Cabral y muchos otros fueron parte de una lucha que terminó trascendiendo a sus propios protagonistas. Junto a ellos también estuvieron cientos de dominicanos cuyos nombres probablemente nunca conoceremos, pero que hicieron posible la recuperación de la República.
La Restauración fue, en definitiva, una segunda afirmación de nuestra independencia. Cuando en 1863 ser dominicano volvió a estar en juego, hubo una generación dispuesta a defender el derecho de continuar siendo una nación soberana. Ese es quizás uno de sus mayores legados para los jóvenes de hoy: entender que la identidad dominicana que actualmente asumimos como algo natural fue construida mediante decisiones, luchas y sacrificios. Conocer esa historia no significa solamente mirar hacia el pasado, sino comprender cuánto costó preservar el derecho a seguir llamándonos dominicanos.
Bibliografía
Archambault, Pedro M. Historia de la Restauración. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1982.
Bosch, Juan. La guerra de la Restauración y la revolución de abril. Santo Domingo: Editora Corripio, 1984.
González Tablas, Ramón. Historia de la dominación y última guerra de España en Santo Domingo. Santo Domingo: Editora de Santo Domingo, Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1974.
Manual de Historia Dominicana. 15.ª ed. Santo Domingo: Librería La Trinitaria, 2013.
Paulino Ramos, Alejandro. «Diez razones políticas y culturales para la Guerra de la Restauración». Acento.
PERFIL

Anthony Almonte Minaya, oriundo de Santiago de los Caballeros, es profesor, investigador y conferencista en las áreas de Historia, Ciencias Sociales y Ciencias Políticas. Ha ejercido la docencia en educación secundaria y universitaria en instituciones como el MINERD, la UASD, el ISFODOSU, la PUCMM, UNICARIBE y la UCNE. Es licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y en Ciencias Políticas, con maestría en Historia Dominicana y maestría en Antropología Social y Cultural. Es miembro del Ateneo Amantes de la Luz. Ha investigado temas de historia dominicana, cultura popular y movimiento obrero, y es autor del libro General Perico Pepín: Un hombre colgado en el corazón de Lilís (2025).