Por Itania María
Antes de conocer los hechos, ya hay una sentencia. Antes de que aparezcan las pruebas, ya se ha elegido un culpable. Y antes de que una familia pueda comprender su propia tragedia, cientos de desconocidos han decidido explicarle qué hizo mal.
En los comentarios debajo de las noticias se puede leer de todo: personas que justifican un asesinato porque la víctima “se lo buscó”; desconocidos que responsabilizan a una madre o a un padre por la tragedia de uno de sus hijos; juicios improvisados sobre la salud mental de alguien; expresiones racistas e insultos contra el cuerpo, la orientación sexual o la condición económica de una persona.
También se destruyen reputaciones con una certeza sorprendente. Basta una fotografía, un titular o un video de pocos segundos para que algunos crean conocer toda una historia.
Por supuesto, también encontramos comentarios sensatos, solidarios y mesurados. Personas que preguntan antes de acusar y que expresan desacuerdo sin humillar. Lamentablemente, esas voces suelen hacer menos ruido.
En el periodismo tradicional, lograr que un periódico publicara una carta en la sección “Cartas al director” era una pequeña conquista ciudadana. Entre escribirla y verla publicada existía un proceso: había tiempo para pensar, ordenar las ideas y asumir la autoría de lo escrito. El medio, además, podía rechazar textos con acusaciones sin fundamento u ofensas explícitas.
Las redes sociales cambiaron esa dinámica.
La audiencia dejó de ser solamente receptora y comenzó a participar inmediatamente en la conversación pública. El problema no es que las personas puedan opinar, sino que confundamos el derecho a opinar con el derecho a herir, acusar o condenar sin responsabilidad.
La pantalla crea una distancia psicológica. Al no tener delante el rostro de la persona afectada, su dolor se vuelve más abstracto. No vemos el gesto de quien recibe la humillación ni presenciamos las consecuencias de nuestras palabras. Por eso, algunas personas escriben lo que probablemente no dirían frente a frente.
Este fenómeno se conoce como desinhibición en línea. El anonimato, la distancia física y la sensación de que un comentario se perderá entre miles pueden facilitar expresiones más agresivas. Explicarlo, sin embargo, no significa justificarlo.
También buscamos explicaciones rápidas para aquello que nos asusta. Ante una tragedia, aceptar que no tenemos toda la información produce incertidumbre. Resulta más fácil identificar a un culpable y sentir que hemos comprendido lo ocurrido. Juzgar ofrece una falsa sensación de control: si la tragedia ocurrió porque alguien “hizo algo mal”, podemos convencernos de que a nosotros no nos sucederá.
Pero las historias humanas casi nunca caben en un titular.
Las redes no representan a toda la humanidad, pero sí revelan algo preocupante: la facilidad con la que podemos suspender la empatía cuando sentimos que no habrá consecuencias.
La empatía no exige estar de acuerdo con todo ni renunciar al pensamiento crítico. Exige recordar que detrás de cada noticia existen personas y que no conocemos la totalidad de su historia.
Quizás, antes de publicar un comentario, deberíamos preguntarnos: ¿sé realmente lo que ocurrió?, ¿diría estas palabras si la persona estuviera frente a mí?, ¿mi comentario aporta comprensión o solamente añade otra forma de violencia?
La deshumanización no siempre comienza con grandes actos. A veces empieza cuando dejamos de ver a una persona y comenzamos a verla únicamente como un perfil al que podemos atacar.