Por Itania María

Esta es la historia de Eva. Una mujer divorciada, madre de tres hijos, que, tras largos años de soltería y varias relaciones fallidas antes de llegar a los 60, hoy está —como dice ella misma— “asfixiá como una muchachita”.
En República Dominicana, “asfixiarse” significa enamorarse loca y perdidamente de alguien.
—¿Y cómo es esto posible? —me preguntó, mirándome con sus ojos negros llenos de sorpresa.
A estas alturas de su vida, Eva no esperaba volver a enamorarse.
“En este país creen que a nuestra edad ya no nos toca eso”, me dijo. Por eso había decidido quedarse tranquila, trabajar hasta que llegara su pensión y acostumbrarse a la idea de la soledad.
Pero el destino tenía preparada otra cosa.
El objeto de su deseo es un abogado, divorciado, de su misma edad.
—Mira, Itania —me confesó—, cuando él me toca siento como una corriente recorriéndome el cuerpo… Tenemos una química hermosa. Salimos, bailamos merengue y salsa, compartimos cosas… pero lo que más me sorprende es cómo me siento. Nunca imaginé vivir algo así a mi edad.
Le respondí sin dudarlo: claro que sí, una mujer puede enamorarse y sentir con la misma intensidad que una adolescente.
Las investigaciones de la antropóloga norteamericana Helen Fisher, autoridad mundial en el estudio del amor romántico, lo confirman. Sus estudios muestran que los circuitos cerebrales del enamoramiento —dopamina, motivación, recompensa y deseo de vinculación— permanecen activos en los llamados “jóvenes mayores”. El deseo y la sexualidad no desaparecen con la edad.
“El sistema de recompensa cerebral para el amor romántico está cerca de las regiones que controlan la sed y el hambre. Es una pulsión básica. Por lo tanto, puedes enamorarte locamente a los 60, 70 u 80 años”, afirma Fisher.
Aunque el cerebro envejece, explica la investigadora, los circuitos del amor siguen funcionando. La diferencia es que ahora esa pasión suele venir acompañada de mayor claridad y menos tolerancia a lo que lastima.
Eva salió de la consulta sonriendo, todavía incrédula de su propia felicidad. Quizá el amor no tiene edad, pensé mientras cerraba la puerta. Tal vez solo necesita el momento exacto en que dejamos de buscarlo… y entonces aparece.
Y me quedé pensando: Si el corazón no envejece, ¿será que el amor no llega tarde, sino justo cuando por fin estamos listos para vivirlo sin miedo?