Por Itania María
Una mujer entra a un banco en San Francisco de Macorís y no va a hacer una transacción. Va a reclamar, a gritar, a exponer una traición que ya no pudo contener.
El video se vuelve viral y con él, los juicios rápidos y las opiniones. Pero hay algo que se puede diluir en el escándalo: el dolor que lo provocó.
Antes de juzgarla, hay algo importante que se debe tener en cuenta: nadie actúa así desde la calma; ese momento no empezó en el banco, empezó mucho antes con sospechas, silencios y verdades que no se quieren ver, pero cuando todo se confirma, no solo duele la infidelidad… duele el sentirse humillada.
El sufrimiento no gestionado y la emocionalidad desbordada. Cuando una persona lleva su conflicto íntimo a un espacio público y laboral, suele estar actuando desde un estado de desregulación emocional. Es decir, el sistema emocional está sobrepasado y la capacidad reflexiva —la que permite evaluar consecuencias— queda temporalmente anulada.
Actos como estos no suelen surgir de la “maldad”, sino de una combinación de miedo a la pérdida, sentimientos de humillación, necesidad de validar el dolor, apego emocional intenso y, muchas veces, una historia previa de tolerancia al maltrato emocional. En estos estados, la persona busca alivio inmediato, aunque el costo sea alto.
En esta historia, en triángulos afectivos hay vacíos, decisiones y necesidades cruzadas: quien traiciona, quien permanece y quien descubre… todos cargan algo y nadie sale ileso…
Hay una frase popular de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez:
“Ninguna persona merece tus lágrimas, y quien las merezca no te hará llorar” suena bien, pero cuando estás en medio del dolor, no basta: y es que las emociones no se apagan con frases, se procesan.
El error frecuente: desplazar la ira. Un elemento clave desde el punto de vista clínico es el desplazamiento de la culpa. Social y psicológicamente, es más fácil volcar la rabia hacia la “tercera persona” que enfrentar al compañero sentimental, quien es —objetivamente— el traidor.
Este desplazamiento no solo perpetúa el conflicto, sino que exime al verdadero responsable; refuerza narrativas de rivalidad entre mujeres y deja intacto el patrón relacional que originó la herida. Desde la salud mental, esto no es liberador: es un círculo de sufrimiento que se repite en una cultura que lo sostiene.
“Ninguna persona merece tus lágrimas, y quien las merezca no te hará llorar”.
¿El Gabo escribió eso? No lo creo, no es su estilo, ni siquiera se me parece a nada de lo que escribió. Busque en Google y no hallé evidencia positiva, por lo que entiendo que no existe respaldo de su autoría en su obra ni en fuentes fiables. Es una ocurrencia recurrente de los medios sociales, que atribuyen frases emotivas a autores célebres para darles autoridad. Me parece que usted fue víctima de esta tendencia mediática contemporánea donde lo viral pesa más que la verificación. Por lo demás, juzgo que su eximio artículo es un análisis lúcido, equilibrado y profundamente humano, que logra ponerle contexto y dignidad a un episodio fácilmente reducido al morbo.