El calentamiento global y el cambio climático: Los vecinos ermitaños que empiezan a salir de casa

13/07/2026
4 minutos de lectura

Por Erick Sandoval

Como si se tratase de unos vecinos que nunca salen de su casa, pero que se sabe que viven ahí, el calentamiento global empieza a asomarse por las ventanas de su casa; de vez en cuando saca la mano, saluda y hasta ha llegado a sostener conversaciones con algunos moradores de la vecindad.

Este fenómeno físico no fue descubierto en un solo día ni por una sola persona, sino que conllevó años de investigación y que, si nos tomáramos el atrevimiento, podríamos decir que tuvo mucho que ver con Eunice Newton Foote, una científica y climatóloga estadounidense que en 1856 pudo sentar las bases para que pudiéramos entender hoy lo que es el efecto invernadero y, por consiguiente, el calentamiento global.

El efecto invernadero es el sistema de calefacción natural de la Tierra. En las mejores condiciones, este sistema es vital para la vida humana en el planeta. Funciona como un carro cerrado debajo del sol: la luz solar entra fácilmente por las ventanas y calienta el interior en esos momentos en que es necesaria esa temperatura. Sin embargo, ese calor que, una vez calentado el interior, debería cambiar de forma y salir hacia afuera ya no puede atravesar los vidrios para escapar al exterior. Al quedarse atrapado adentro, la temperatura del vehículo, en este caso del planeta, sube rápidamente.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, otros científicos profundizaron esta idea. Svante Arrhenius, químico sueco, calculó en 1896 cómo el aumento de dióxido de carbono (CO₂) en la atmósfera podría elevar la temperatura global, prediciendo con notable precisión un calentamiento de varios grados si se duplicaba la concentración de este gas. Durante décadas, estas advertencias permanecieron en el ámbito académico, casi como susurros en una biblioteca polvorienta. Fue en la segunda mitad del siglo XX, con el auge de la industrialización masiva, el uso intensivo de combustibles fósiles y las mediciones sistemáticas de la atmósfera, cuando el “vecino” comenzó a hacerse notar con mayor fuerza.

Las consecuencias ya no son hipótesis lejanas.

El cambio climático no es solo aquel tema que, por obligatoriedad o conciencia de un profesor, se imparte en una escuela básica de un campo de Monte Plata, o la descripción de los videos que tengan que ver con el clima en YouTube, ni el caption de una fotografía del clima de Jean Suriel.

El aumento de la temperatura media global, alrededor de 1.1 a 1.5 °C desde la era preindustrial, ha desencadenado una cadena de efectos en cascada. Los glaciares retroceden, el nivel del mar sube amenazando islas y ciudades costeras, y los eventos extremos se multiplican: olas de calor más intensas y frecuentes, como las que sufre nuestro país actualmente; huracanes más destructivos; sequías prolongadas que comprometen la agricultura; y lluvias torrenciales que provocan inundaciones devastadoras como las vividas el 4 de noviembre de 2022, cuando cayeron 267 mm de agua en 24 horas, causando nueve muertes y un caos vehicular; y el 18 de noviembre de 2023, un evento aún más fuerte con más de 431 mm de lluvia, que dejó 34 fallecidos y afectó 132 kilómetros cuadrados en Santo Domingo.

Estas lluvias fueron causadas por el fenómeno El Niño, que no es directamente un resultado del calentamiento global, ya que es natural y cíclico, pero cuyos efectos se ven inmensamente potenciados por este, debido al sobrecalentamiento de los océanos y la atmósfera, amplificando drásticamente las sequías y las inundaciones.

La biodiversidad sufre: especies enteras migran, se extinguen o ven alterados sus ciclos vitales. Los océanos, que absorben gran parte del exceso de calor y CO₂, se acidifican, afectando corales y cadenas alimentarias marinas. En regiones como el Ártico, el deshielo libera metano atrapado en el permafrost, agravando el ciclo de calentamiento.

Actualmente nos encontramos en un punto crítico, pero no irreversible. Según informes del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) y observaciones satelitales actualizadas, las emisiones globales de gases de efecto invernadero siguen siendo altas, aunque la transición hacia energías renovables (solar y eólica) ha ganado velocidad en muchos países. La temperatura sigue subiendo y los compromisos del Acuerdo de París, mantener el calentamiento muy por debajo de 2 °C, idealmente 1.5 °C, están en riesgo. Países vulnerables ya experimentan pérdidas y daños irreversibles, mientras que naciones industrializadas debaten entre crecimiento económico y responsabilidad climática.

La pandemia de COVID-19 mostró que reducciones drásticas de emisiones son posibles cuando hay voluntad política y coordinación global, pero también reveló lo frágil que es esa voluntad una vez pasada la urgencia inmediata.

El próximo paso debe ser una acción decidida, colectiva y multifacética. No basta con promesas; se requiere acelerar la descarbonización de la economía: invertir masivamente en energías limpias, mejorar la eficiencia energética, proteger y restaurar ecosistemas que actúan como sumideros de carbono (bosques, manglares y suelos), y promover una economía circular que reduzca residuos y emisiones. A nivel internacional, urge fortalecer la cooperación más allá de las cumbres, con mecanismos de financiamiento real para países en desarrollo y transferencia tecnológica.

A nivel nacional y local, las políticas que incentiven una transición justa, protegiendo empleos en sectores fósiles mientras se crean nuevos en energías renovables, son esenciales. Y, a nivel individual, cada uno de nosotros puede contribuir reduciendo el consumo energético, apoyando políticas ambiciosas y educando en el valor de un planeta habitable.

Los vecinos ya no solo saludan desde la ventana. Han salido a la calle y caminan entre nosotros. Ignorarlo sería irresponsable; enfrentarlo con inteligencia, solidaridad y urgencia es la única opción sensata si queremos legar a las generaciones futuras un mundo que aún reconozcan como hogar. El tiempo de las conversaciones casuales ha pasado; ahora es momento de actuar juntos.

Al investigar sobre el cambio climático, recordé la intervención de Andrés L. Mateo en una asamblea de la UNESCO, hace ya varios años, donde hablaba de una posible guerra nuclear. El representante dominicano parafraseó un poema del escritor Mario Benedetti titulado “Poema frustrado”, con cuyas palabras quisiera también concluir, citando solo un breve fragmento:

“Hay que escribir un poema sobre la bomba atómica.”

En este caso, hoy:

“Hay que escribir un poema sobre el cambio climático.”

Perfil

Erik Sandoval cursa Ingeniería Industrial y cuenta con experiencia en el sector eléctrico, la gestión de riesgos y la seguridad y salud en el trabajo. Ha ejercido la docencia en informática y electricidad básica, y ha complementado su formación con estudios en gestión de proyectos, análisis de datos, calidad e inteligencia artificial. Sus intereses se centran en la divulgación científica, la sostenibilidad y el análisis de temas de impacto público.

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Firma invitada reúne colaboraciones de autores externos que enriquecen el debate público desde diversas disciplinas y experiencias. En este espacio, profesionales, académicos y otras voces destacadas comparten análisis, reflexiones y perspectivas sobre los temas más relevantes de la actualidad. Las opiniones expresadas son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente la posición editorial de Prisma.

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