Por Helena Robles
Este 31 de mayo, se cumplen 100 años de la celebración del Día de la Madre en República Dominiana. Un día que suele ser capturado por el discurso público y comercial como una estampa inmutable: un tributo a la abnegación, el afecto y el sacrificio. Sin embargo, cuando se toma distancia de la retórica sentimental y se examinan las estructuras económicas, jurídicas y demográficas de la República Dominicana, la maternidad se revela no como un concepto estático, sino como un fenómeno en profunda transformación.
Al contrastar el perfil de la madre dominicana de la década de 1920 con el de los años 2020, el panorama trasciende la simple narrativa del “progreso”. Lo que emerge es una paradoja secular: un siglo en el que las mujeres conquistaron el espacio público, la educación superior y la autonomía legal, pero en el cual el Estado y el mercado laboral continuaron operando bajo la premisa de que el cuidado es un asunto privado, invisible y exclusivamente femenino.
De la reclusión demográfica a la transición postergada
En la década de 1920, la República Dominicana era una sociedad predominantemente rural, marcada por secuelas de inestabilidad política y una economía agraria de subsistencia. En ese contexto, la maternidad definía de manera absoluta el ciclo vital de la mujer adulta. Con una tasa global de fecundidad que superaba los seis o siete hijos por mujer y una esperanza de vida significativamente más corta, el tiempo de crianza coincidía con la totalidad de la existencia biológica útil. La alta mortalidad infantil, además, convertía la maternidad en una constante vigilia.
Un siglo después, la transición demográfica ha reconfigurado el mapa. En la década de 2020, la tasa de fecundidad en el país ronda los 2.2 hijos por mujer. La maternidad ya no es un destino biológico inevitable o inmediato; se posterga, se planifica y se negocia en función de proyectos individuales de desarrollo profesional y estabilidad económica. El tamaño de las familias se redujo drásticamente, pero las exigencias asociadas a la crianza en un entorno urbano y competitivo se han sofisticado.

De la incapacidad legal a la jefatura de hogar
A nivel institucional, el abismo entre ambas épocas es jurídico. En los años 20, la mujer casada se encontraba bajo el régimen de la “incapacidad civil”, herencia directa del Código Civil decimonónico. Carecía de la facultad para administrar sus propios bienes, testar o ejercer un trabajo remunerado fuera del hogar sin el consentimiento explícito del esposo. La patria potestad de los hijos pertenecía de derecho al padre; la madre era una administradora de hecho subordinada a la tutoría masculina.
Cien años de reformas legales, culminando en la consagración constitucional de la igualdad sustantiva en el siglo XXI, desmantelaron la arquitectura de la subordinación legal. No obstante, la realidad fáctica ha tomado un rumbo imprevisto. Hoy en día, la madre dominicana moderna no solo es plenamente capaz ante la ley, sino que con frecuencia es el único pilar del hogar.
En los años 2020, más del 40% de los hogares dominicanos registran una jefatura femenina unipersonal. El paso de la incapacidad civil a la jefatura de hogar implica que el sustento material, la crianza y la representación legal de las nuevas generaciones recaen de forma unilateral sobre las madres, particularmente en los sectores de menores ingresos.
La paradoja del mérito: educación, empleo y la doble jornada
El indicador más elocuente de esta transformación es el acceso al conocimiento. En 1920, el analfabetismo femenino era la norma, y las pocas opciones de instrucción pública estaban orientadas a los roles del ámbito doméstico. En los años 2020, el panorama universitario dominicano es mayoritariamente femenino: las mujeres superan con creces a los hombres en matrícula y graduación profesional, liderando las aulas de grado y postgrado.
Es aquí donde se enchiva la promesa de la modernidad. A pesar de contar con mayores niveles de cualificación educativa, la madre trabajadora se enfrenta a la denominada “penalización por maternidad”. Los datos del mercado laboral formal evidencian que las tasas de desocupación e informalidad siguen afectando de manera desproporcionada a las mujeres tras tener su primer hijo.
Ante la falta de una infraestructura pública sólida de cuidados (como una red de estancias infantiles con cobertura universal y horarios compatibles con la jornada laboral), la madre moderna se ve empujada al subempleo o a la informalidad para poder conciliar la vida laboral con la familiar. El resultado no es la liberación, sino la instauración de la “doble jornada”: la exigencia de competir en un mercado laboral diseñado para individuos sin responsabilidades domésticas, mientras se asume en solitario la gestión del hogar.
La madre dominicana de los años 2020 es, sin duda, un sujeto histórico radicalmente distinto al de hace un siglo. Es profesional, es ciudadana de pleno derecho, es jefa de familia y es el motor económico de una parte sustancial de la sociedad. Sin embargo, su modernidad se ha edificado sobre una sobrecarga estructural.
Fuentes
Oficina Nacional de Estadística (ONE)
Anuario de Estadísticas Vitales 2025
Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples (ENHOGAR)
Boletín Demográfico y Social No. 13-2026 (ONE)
Encuesta Nacional de Fuerza de Trabajo (ENFT)