
Por Andrés Julio Hirujo
Vivimos el tránsito del mundo unipolar a un mundo multipolar. El gran hegemón se ha debilitado y hoy se enfrenta a nuevos polos de poder económico o militar. En general, la recomposición del poder no es pacífica; la dialéctica asegura que siempre la lucha de contrarios llega a un punto de ruptura que se resuelve con el dominio del más fuerte.
La historia ratifica que los imperios crecen, se consolidan, enfrentan rivales menores al principio que crecen, los debilitan hasta que al final los hacen tambalear y caer. También enseña que lo económico es determinante. Todas las guerras que se han producido tienen en su origen razones de tipo económico: control de los recursos y materias prima, control del mercado, de los precios…
Normalmente, los imperios en declive se tornan más agresivos: es la reacción normal, el espíritu de subsistencia. Todas las instituciones evolucionan dependiendo del estadio de poder de un país, sea o no un imperio: la economía, el derecho (internacional y nacional), el gobierno, la educación, etc.
Las naciones alrededor de un centro hegemónico giran indefectiblemente a su alrededor, y parecen destinadas a ser subsumidas por aquél. Aunque se resistan, la fuerza de la gravedad las atrae y absorbe.
El Derecho Romano estableció como principio que “(Quien tiene) el poder determina el derecho”. Estados Unidos, por ejemplo, impuso su hegemonía basada en “sus” reglas; quien no las aplicaba, era blanco de la guerra por la democracia, la propiedad privada y el libre comercio dominado por el dólar estadounidense y los aranceles.
República Dominicana está ubicada en una isla de envidiable posición geoestratégica, tanto regional y hemisférica como mundial. Por ese “destino manifiesto” somos obligatoriamente la joya de la corona geoestratégica en el Caribe para el hegemón hemisférico americano.
Venezuela es otra de las joyas de la corona (quizás la mayor) del imperio americano en el hemisferio y la región, porque tiene la mayor reserva de petróleo reconocida del mundo. Por eso, y por tener relaciones económicas (inversiones, empréstitos) con China y militares con Rusia (armas, pertrechos, cohetes, radares)
Quiero agregar a este tablero una pieza de reciente aparición y de pujante protagonismo: la República Cooperativa de Guyana, la que, gracias a un premio en la lotería de la naturaleza (petróleo) y a la inversión extranjera directa, ha devenido el país de mayor crecimiento económico en el hemisferio y quizás en todo el mundo. Guyana creció 47% en tres años (2022-2024) y 10% en 2025.
Los acuerdos firmados entre Guyana y República Dominicana en 2025 y la altisonancia del divorcio entre RD y Venezuela, así como el permiso de dudosa reputación para utilizar aeropuertos dominicanos a naves “no militares” estadounidenses, permiten afirmar que el gobierno dominicano decidió formar parte del eje Washington-Santo Domingo-Georgetown, con el objetivo de rodear a Venezuela. Y digo “rodear” a la patria de Bolívar, porque el otro país fronterizo terrestre es Colombia, donde -a pesar de Petro- hay cuatro o cinco bases militares de Estados Unidos. Por más que Petro proclame soberanía y antiimperialismo, el secuestro de Maduro, aún con la guerra avisada, demuestra que los gringos tienen recursos de fuerza tecnológico militar suficientes para seguir pisoteando el derecho internacional público, si les da la gana.
La suerte está echada. Ya se cruzó el Rubicón, aunque esta vez no fue César, sino Donald, flanqueado por una embajadora con bastante experiencia en trabajo de campo subterráneo como apoyo a la diplomacia que transita del guante de seda a la manopla con púas.