Por Yulen Jorge
Que los ciudadanos tengan que recurrir a las redes sociales pidiendo ayuda por una situación de salud, más que solidaridad, es la deficiencia de un sistema convertido en un meme. Ningún crecimiento económico merece aplausos mientras la gente siga mendigando por un derecho tan elemental como la salud. Hay algo profundamente podrido en los gobiernos que, cuatrienio tras cuatrienio, han perpetuado esta calamidad.
La economía dominicana ha sido una de las más dinámicas de América Latina, con un crecimiento sostenido de entre el 3.6% y el 5%. Solo por citar dos renglones: por turismo ingresaron a las arcas del Estado más de 11,000 millones de dólares en 2025 —con proyecciones similares para 2026—, mientras que las remesas alcanzaron un récord histórico en ese mismo año de 11,866 millones de dólares.
Paralelamente, muchas familias tienen que pedir en redes sociales para pagar estudios médicos, medicamentos y cirugías, sin importar clases sociales. Nos hemos acostumbrado tanto a la precariedad que ya confundimos la caridad con la justicia. Un ciudadano no debería necesitar padrinos, likes ni campañas digitales para recibir atención médica. Debería bastar con estar enfermo.
Pero en República Dominicana enfermarse también significa negociar con la humillación. El sistema no solo falla cuando no cura; también falla cuando obliga al ciudadano a degradarse para ser atendido, cuando expone la intimidad del dolor en la plaza pública y cuando empuja a una madre a publicar fotos de su hijo hospitalizado pidiendo compasión: “ayúdenme”, “compartan”, “cualquier aporte suma”.
Aquí millones de personas tienen seguro médico, pero descubren demasiado tarde que la cobertura muchas veces es una ficción burocrática. No cubre tal medicamenteo, el procedimiento no aplica, el hospital no tiene equipos o no tiene cupo… las argumentaciones sobran. Y no olvidemos a las figuras políticas que capitalizan su “bondad” para ganar réditos electorales.
Las autoridades se felicitan a sí mismas por sus indicadores económicos: turismo récord, crecimiento y discursos de modernidad: el hub digital de Google por 500 millones de dólares y el futurista puerto espacial de Pedernales, con más de 600 millones de dólares para lanzar cohetes. Mientras tanto, hay familias hipotecando casas, vendiendo sus pertenencias, y suplicando donaciones para pagar una quimioterapia, una cirugía de corazón o un tratamiento oncológico básico.
Una cosa es el apoyo espontáneo entre ciudadanos y otra muy distinta es convertir esa solidaridad en el sustituto de la ineficiencia del sistema público. Las imágenes de enfermos pidiendo ayuda rompen la narrativa del progreso. Nos recuerdan que detrás de la retórica de desarrollo existe un país donde la supervivencia todavía depende de la misericordia ajena.