La otra condena

16/05/2026
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Por Yulen Jorge

El pasado 6 de mayo Mario José Redondo Aybar cumplió una condena de 30 años por el asesinato de su primo. Mañana, lunes 18 de mayo, empieza otra, sin fecha definida. Ileana del Carmen Aybar y José Rafael Llenas Menicucci, padres del niño de 12 años que —tras ser secuestrado— murió por las 34 puñaladas que le infringió Mario José, tendrán que someterse al trago amargo que supondrá ver al asesino de su hijo en un media tour.

En su discurso, que leyó ante la barahúnda de periodistas que le esperaba a su salida, Mario José daba señales de que, lejos de mantener un perfil discreto, su reinserción en la sociedad la haría sentir, a lo que está en su pleno derecho. Lo que quizá nadie esperaba era el timing. Apenas 12 días después de su liberación, reaparecerá ante las cámaras en una entrevista exclusiva que, a juzgar por los avances, promete generar contenido al menos hasta finales de año.

Da igual que los padres decidan no verla. El algoritmo es implacable, y las redes sociales serán un eco constante de aquel fatídico 3 de mayo de 1996.

Esta será, muy probablemente, la primera de muchas entrevistas y participaciones en paneles de televisión, podcasts y programas de radio. Vivimos en una época en la que se graba a un joven desangrándose mientras pide ayuda; y por más bizarro que sea el caso, siempre habrá una audiencia dispuesta a consumirlo. A fin de cuentas, los views son los que facturan.

Los medios de comunicación no son simples espectadores del interés público; también moldean la manera en que una sociedad consume el dolor ajeno. En casos como este, la responsabilidad no termina al conseguir una entrevista exclusiva. Empieza, precisamente, en la forma en que esa historia se empaqueta, se promociona y se distribuye. Porque una cosa es informar sobre la liberación de una persona que cumplió condena, y otra muy distinta convertir esa tragedia en un producto diseñado para generar expectativa, reproducciones y conversación permanente en redes sociales.

El problema no radica únicamente en darle espacio al victimario, sino en el riesgo de transformar el sufrimiento de una familia en contenido episódico de consumo masivo. Cada avance, cada clip viral y cada titular construido para alimentar el morbo reabre una herida que nunca cerró del todo. Y aunque exista una audiencia dispuesta a consumirlo, los medios siguen teniendo la responsabilidad de preguntarse si todo lo que genera tráfico merece ser tratado como espectáculo.

Visto lo visto, no debería sorprendernos que una plataforma como Netflix termine interesándose en el caso y quiera producir, si no el mayor, sí uno de los crímenes más impactantes ocurridos en República Dominicana.

Al tiempo.

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