Por Itania María
Hay una escena que se repite más de lo que imaginamos. Alguien consigue el empleo que llevaba meses buscando y, de pronto, empieza a llegar tarde, a procrastinar o a convencerse de que no está preparado. Otra persona conoce a alguien que la trata con respeto y, casi sin darse cuenta, pierde el interés o encuentra cualquier motivo para alejarse. También está quien promete que este será el año en que cuidará su salud, terminará ese posgrado o iniciará terapia, pero encuentra una excusa para dejarlo “para después”. Entonces aparece esa frase que solemos repetir con demasiada facilidad: “Es que uno mismo es su peor enemigo”, pero ¿y si esa explicación fuera demasiado simple?
La idea del autosabotaje resulta tan seductora porque parece ordenar el caos. Si soy yo quien me pone obstáculos, basta con decidir dejar de hacerlo. El problema es que la vida rara vez funciona con esa lógica. Si cambiar fuera solo cuestión de voluntad, nadie permanecería en un trabajo que detesta, insistiría en relaciones que le hacen daño o abandonaría un proyecto justo cuando empieza a dar frutos. Quizá el verdadero misterio no sea por qué nos saboteamos, sino por qué una parte de nosotros insiste en detener aquello que otra parte desea con todas sus fuerzas.
Esta pregunta ha acompañado a la psicología desde hace más de un siglo. Sigmund Freud escribió sobre “los que fracasan al triunfar”; es decir, observó que algunas personas fracasaban precisamente cuando estaban cerca de alcanzar aquello que anhelaban.
Décadas más tarde, Abraham Maslow describió el llamado complejo de Jonás, ese temor silencioso a convertirse en la mejor versión de uno mismo. Años después, los psicólogos Edward E. Jones y Steven Berglas demostraron que muchas personas crean obstáculos antes de enfrentarse a un desafío para proteger su autoestima si el resultado no es el esperado. Cambiaron las teorías y el lenguaje, pero la pregunta siguió siendo la misma: ¿por qué, a veces, actuamos en contra de nuestros propios intereses?
La psicología contemporánea propone una respuesta que me resulta mucho más humana. Hoy entendemos que aquello que llamamos autosabotaje no suele ser un deseo inconsciente de fracasar, sino una estrategia de protección. La procrastinación puede evitar el miedo a no estar a la altura. El perfeccionismo puede intentar prevenir la crítica. Permanecer en un lugar conocido, aunque nos haga infelices, puede ofrecer una sensación de seguridad frente a la incertidumbre. Incluso el miedo al éxito puede esconder el temor a las nuevas responsabilidades, al juicio de los demás o a descubrir que la meta soñada no era exactamente como la imaginábamos.
Quizá por eso cada vez me convence menos la pregunta: “¿Por qué me autosaboteo?”. Hay otra mucho más útil: “¿Qué intenta proteger esta conducta?”. Esa pequeña diferencia cambia por completo la conversación. Deja de colocar a la persona en el banquillo de los acusados y la invita a mirar con curiosidad su propia historia. Porque muchas de las estrategias que hoy limitan nuestra vida fueron, en otro momento, formas inteligentes de adaptarnos a circunstancias difíciles. El problema no es haberlas desarrollado; el problema es seguir utilizándolas cuando ya no las necesitamos.
Y entonces vuelvo a aquella frase con la que empecé. ¿Somos realmente nuestro peor enemigo? Después de muchos años escuchando historias en el consultorio, creo que no. Creo que, con demasiada frecuencia, confundimos al enemigo con un antiguo guardián. Uno que aprendió a protegernos del rechazo, del abandono, del fracaso o del dolor, pero que nunca recibió el mensaje de que el peligro había pasado. Tal vez crecer no consista en luchar contra uno mismo, sino en agradecer a ese guardián el tiempo que nos mantuvo a salvo y, con paciencia, enseñarle que hoy existen otras maneras de vivir. Porque, al final, la verdadera libertad no nace cuando dejamos de sentir miedo, sino cuando dejamos de permitir que sea el miedo quien tome todas nuestras decisiones.