Por Yulen Jorge
La pausa es un bien —o un mal— escaso. Ralentizar la vorágine implica entrar en un estado de vértigo y desorientación; implica vernos, sentirnos, y eso, para muchos, es una experiencia aterradora que evitan refugiándose en la distracción, aislándose del yo y de su significado. Para leer hay que detener la marcha y dar paso a una actividad intelectual que no se encuentra en los reels ni en los shorts.
La irrupción masiva de los libros digitales a principios de siglo, con la aparición del Kindle en 2007, sentenció la muerte de la literatura tal como la conocíamos. Esa revolución tecnológica, unida a la proliferación de escritores amateurs, creó una nebulosa que, con el paso de los años, se ha ido despejando ante el juicio del tiempo: las buenas obras literarias no son efímeras ni las dictan las tendencias del mercado. Más que un rezago, el formato digital ha expuesto glorias de la literatura que, de lo contrario, se hubieran desvanecido en los anaqueles de las bibliotecas.
En el contexto dominicano, sin embargo, la cuesta es mucho más empinada. En el país no existen estadísticas continuas sobre el hábito de lectura y las preferencias de los lectores. Los datos de referencia disponibles provienen de la Dirección General del Libro y la Lectura, cuyas encuestas evidencian que, a nivel nacional, el promedio de lectura es de apenas medio libro por persona al año. El aliento se retoma tímidamente en las cifras del Distrito Nacional, donde el 78% de los encuestados afirma tener hábito de lectura; un desglose en el que predominan las mujeres con un 28.9%, mientras que los hombres se ubican en un 16.6%.
Bajo estas condiciones, ser escritor en República Dominicana se convierte en una actividad de alto riesgo. No solo se trata de que la producción y edición de obras dependa excesivamente de los presupuestos y las autoridades de turno en instituciones como la Editora Nacional, sino de los desafíos económicos que implica para el autor asumir ese salto al vacío. Sí, una temeridad, a sabiendas del índice lector dominicano.
Ante este panorama de aridez estadística, vaivenes institucionales y riesgo editorial, la resistencia no viene desde los despachos oficiales, sino desde la periferia de las estructuras tradicionales. Es ahí donde la gestión colectiva empieza a torcer el rumbo de la cuesta empinada, demostrando que la literatura encuentra sus propios canales de supervivencia.

El pasado 11 de julio, Santo Domingo fue sede del 8vo Encuentro Nacional de Escritoras, una iniciativa impulsada por el Proyecto Anticanon que reunió a más de un centenar de escritoras, editoras, investigadoras y gestoras culturales procedentes de México, Colombia y Costa Rica. Más que una agenda de conferencias, el encuentro evidenció la consolidación de una red regional que busca ampliar las posibilidades de circulación de la literatura escrita por mujeres y cuestionar las formas tradicionales de legitimación cultural.
El Proyecto Anticanon es una iniciativa cultural y editorial dominicana fundado por las escritoras Patricia Minalla, Arlene Sabaris, Lauristely Peña Solano y Denisse Español, cuyo objetivo es visibilizar, estudiar y promover la literatura escrita por mujeres, desafiando el canon literario tradicional. El Encuentro es una de sus líneas de acción.
El concepto parte de una constatación histórica: numerosas escritoras produjeron obras de gran valor, pero durante años ocuparon un lugar secundario en la crítica, la academia y el mercado editorial. Durante décadas, la historia de la literatura latinoamericana fue escrita casi siempre con los mismos nombres. Las grandes colecciones, los programas universitarios y buena parte del canon privilegiaron una tradición donde las mujeres aparecían como excepciones antes que como protagonistas.
Desde su creación en 2019, el Encuentro Nacional de Escritoras ha evolucionado desde un espacio de intercambio entre autoras dominicanas hasta convertirse en una plataforma de alcance regional. Bajo el lema Conocernos para reconocernos, la iniciativa procura fortalecer la profesionalización de las escritoras, crear vínculos entre generaciones y abrir oportunidades concretas para la publicación de nuevas obras.
La edición de este año giró alrededor del tema El Caribe como espacio geopolítico y estético. La propuesta invita a pensar la región no sólo como un territorio delimitado por el mar, sino como un espacio atravesado por migraciones, memorias compartidas, lenguas, identidades y procesos históricos que dialogan entre sí. Desde esa perspectiva, la literatura se convierte también en una herramienta para comprender las múltiples formas de ser caribeño.
Uno de los aspectos más relevantes del encuentro es que trasciende el intercambio intelectual. Para enfrentar los desafíos económicos del entorno local, las participantes sostuvieron reuniones con editoriales independientes de República Dominicana, Colombia y México para presentar manuscritos, recibir retroalimentación especializada y explorar posibilidades reales de publicación. Paralelamente, Editorial Anticanon presentó avances de su convocatoria editorial, que recibió decenas de manuscritos provenientes de distintos países del Caribe y de la diáspora dominicana.
Este componente práctico refleja un cambio importante dentro del panorama editorial latinoamericano. Frente a las limitaciones que muchas veces enfrentan las nuevas autoras para acceder a grandes sellos o depender de recursos estatales, comienzan a consolidarse redes independientes capaces de producir, editar, distribuir y promover literatura desde otras lógicas de colaboración.
El programa también incorporó discusiones sobre inteligencia artificial aplicada a la literatura, edición independiente, escritura afrocaribeña, investigación literaria y las posibilidades de adaptar obras al cine y a otras plataformas audiovisuales.

La jornada incluyó un homenaje a la historiadora y escritora Mukien Adriana Sang Ben, reconocida por su trayectoria como investigadora y autora de algunas de las obras más importantes para comprender la historia dominicana contemporánea. Como parte del reconocimiento fue presentada una nueva edición de ¡Yo soy Minerva! Confesiones más allá de la vida y la muerte, una obra dedicada a la memoria de Minerva Mirabal.
El encuentro también buscó generar oportunidades concretas para las autoras, quienes pudieron presentar sus manuscritos directamente a representantes de diversas editoriales de Colombia, México y República Dominicana, estableciendo así vínculos con el sector editorial y recibiendo orientación sobre sus proyectos. Asimismo, durante el evento se abrió la convocatoria del Laboratorio de Manuscritos de Ficción Especulativa, dirigido a mujeres del Caribe y del Sur Global interesadas en desarrollar obras de géneros como la ciencia ficción, el horror, las distopías y el afrofuturismo.
En un momento en que las industrias culturales experimentan profundas transformaciones, iniciativas como el Encuentro Nacional de Escritoras muestran que la discusión ya no se limita a reclamar mayor visibilidad. La conversación se ha desplazado hacia una etapa distinta: construir instituciones propias, generar circuitos editoriales independientes y ampliar el espacio desde donde se produce y circula el conocimiento.