Pornografía de la comunicación

24/03/2026
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Por Yulen Jorge

En esta época en la que los contenidos no se escogen, sino que se imponen, asistimos al umbral de la decadencia, aunque algunos consideran que ese arco ya lo hemos cruzado. En la era del clic, ya no se entrevista para informar ni para dar visibilidad a personajes influyentes; ahora, lo que mueve al algoritmo es lo que ocurre entre las sábanas de los aposentos de los entrevistados.

Si bien el escenario estrella para esta exposición es YouTube, la tendencia está contaminando la producción de la televisión local. En ambos casos, aunque el usuario tiene la potestad de elegir qué ver, la promoción de este contenido en redes sociales para atraer audiencia es sencillamente abrumadora. No se escapa nadie.

Así como en la pornografía todo debe mostrarse, en la comunicación actual todo debe exponerse: intimidades, conflictos y bajezas. Ya no hay frontera entre lo público y lo privado. En los predios filosóficos, este fenómeno de expansión de la lógica pornográfica a otras áreas de la vida se conoce como pornotopía.

El término tomó auge en 2010 con la publicación de Pornotopía. Arquitectura y sexualidad en «Playboy», del filósofo Paul B. Preciado. Él utiliza el concepto para explicar cómo la pornografía dejó de ser un género marginal para convertirse en un modo que influye en toda la producción cultural; es decir, la orientación de la publicidad y el entretenimiento hacia lo explícito.

Sin embargo, quince años antes, en 1995, la escritora Anne McClintock había acuñado un concepto complementario: la pornotropía. Mientras que Preciado se enfoca en el espacio, McClintock define la pornotropía como esa lente cultural que sexualiza y deshumaniza lo que considera “exótico”. Es el “giro” (del griego tropos) que inclina la mirada hacia lo obsceno.

Más allá del morbo, el fenómeno se viraliza por una cuestión de rentabilidad. Asistimos a la comercialización del escándalo y la confrontación: sin estos ingredientes, no hay tráfico ni audiencia. Por lo tanto, no se factura. Estamos sobre los cimientos de la monetización de la obscenidad, donde la competencia se reduce a quién desnuda más su vida o quién pronuncia más improperios por minuto en un streaming.

Ya lo advirtió Guy Debord y lo reafirmó Mario Vargas Llosa: vivimos en la civilización del espectáculo. Para Preciado, nos encontramos ante la pornografía de la comunicación.

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