Por Yulen Jorge
“Ser hombre no es fácil” ha sido la frase titular de una entrevista concedida por la ministra de la Mujer. Esta declaración ha desatado los demonios que emergen cuando cada parte se atrinchera en sus posiciones; demonios que no terminamos de enfrentar y que provocan que el tema no avance hacia una solución, convirtiéndose en carnada para que movimientos cívicos y políticos capitalicen el problema. Cuando no hay solución a una situación, es porque existen ganancias en las sombras.
La frase se pronunció en una conversación en la que Gloria Reyes también mencionó la necesidad de realizar una consulta con los hombres: “queremos entender qué quieren, qué les preocupa, cuáles son sus expectativas y así diseñar políticas…”. Lo importante no es que se hable del hombre, sino cómo se le incorpora en una conversación que, con razón, ha estado centrada en la protección de las mujeres frente a la violencia. Ese enfoque era y sigue siendo trascendental, pues entre sus logros están la visibilización, la alerta y la lucha para evitar el aumento de episodios de violencia que terminan en homicidios.
Existen presiones masculinas que no deben convertirse en una coartada para relativizar esa violencia, pero desconocerlas no ha sido una estrategia eficaz para reducirla en la etapa de prevención. Aunque el enfoque institucional ha sido vital y urgente, las estadísticas evidencian la necesidad de incorporar otros componentes que impacten las cifras hacia el descenso.
Durante años, el enfoque institucional ha sido claro, vital y urgente: proteger a las mujeres, visibilizar la violencia y fortalecer los mecanismos de denuncia. De acuerdo con datos de la Procuraduría General, de 2012 a 2025, los feminicidios íntimos han oscilado entre 103 casos en 2012 (el más alto del período reciente) y 49 casos en 2025 según datos preliminares oficiales (o alrededor de 59 según algunas organizaciones de la sociedad civil). Las proyecciones y los primeros meses de 2026 no son halagüeñas, con un repunte inicial preocupante.
Entre estos números se incluyen los casos de muertes por violencia intrafamiliar y de parejas, incluyendo los de hombres asesinados por mujeres, que representan una proporción muy minoritaria. Persiste un riesgo estructural en materia de prevención y custodia, que expone a las víctimas a sus agresores incluso después de denunciar.
En una problemática tan compleja, las medidas deben ser multisectoriales. La prioridad es fortalecer, ya sea mediante la reformulación o la creación de leyes, la protección de las víctimas al denunciar, así como el régimen de consecuencias. Muchas muertes se han concretado debido a debilidades en el protocolo de las Unidades de Atención a Víctimas de Violencia de Género, Intrafamiliar y Delitos Sexuales del Ministerio Público.
Por otro lado, no hay forma de disminuir los casos de violencia sin que se integre al hombre en la dinámica de prevención. Es necesario que él forme parte de la solución mediante programas psicológicos orientados al manejo de emociones, la conciliación y el manejo económico.
Esperemos que “los hombres de la ministra” no sean aquellos que, apelando a la igualdad, busquen justificar sus responsabilidades, sino los que la sociedad necesita integrados para ser parte de la solución.
Los hombres y las mujeres no estamos en guerra, a pesar de que grupos de activismo ideológico extremista fomenten esa percepción por conveniencia.