Más allá del aula y la frontera: desafíos de RD

El historiador Roberto Cassá analiza la crisis educativa y la migración haitiana
02/12/2025
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(I de II)

Foto: Giovanni Alvarado Fis / Ilustración de portada: IA

Por Prisma

En los últimos años, la República Dominicana ha enfrentado dos desafíos social y cultural relevantes: la progresiva decadencia del sistema educativo y el creciente impacto de la migración haitiana. Estos temas, profundamente entrelazados con la historia, la política y la identidad dominicana, generan intensos debates sobre el rumbo del país y las bases de su desarrollo futuro.

Para comprender mejor las raíces históricas y las implicaciones actuales de estos fenómenos, conversamos con Roberto Cassá, uno de los historiadores más leídos y prolíficos del país, reconocido por su trayectoria académica y sus aportes al estudio de la sociedad dominicana. En esta entrevista, Cassá reflexiona sobre el deterioro educativo y el panorama actual de la migración haitiana y su papel en la configuración de la sociedad dominicana.

HAITÍ

P.:  ¿Cuál ha sido la dinámica de la migración haitiana hasta la situación en la que nos encontramos?

R. C.: Hasta inicios del siglo XX sólo había un tipo de migración haitiana que era en la frontera y sobre todo la frontera norte; campesinos que se establecían en lugares bastante vacíos, porque este país seguía teniendo una frontera agrícola. Una migración que Trujillo la acaba décadas después mediante el corte de 1937. (Ordenanza de Rafael Leonidas Trujillo a sus tropas para la erradicación masiva de haitianos que residían, particularmente, en las fincas agrícolas)

Luego, los americanos promueven la traída de braseros haitianos para contribuir al desarrollo de la industria azucarera que estaba protegida por el gobierno militar de 1916. Ya ahí la mano de obra haitiana empieza a sustituir a la dominicana en el principal renglón económico de la nación. ¿Por qué? Porque el capitalismo dominicano se ha basado siempre en salarios extremadamente bajos y el dominicano es acusado de haragán, de no querer trabajar.

P.: ¿El dominicano no quiere trabajar?

R. C.: Eso es un mito. Los dominicanos trabajan; lo que pasa es que no quieren ser explotados de una manera inmisericorde. Frente a esos salarios de miseria, el dominicano se retira y el haitiano lo que hace es llenar esa abstención.

P.: Doctor, ¿entonces los norteamericanos promovieron la llegada de braseros haitianos para trabajar a sabiendas de que había dominicanos dispuestos a trabajar?

R. C.: Claro que sí. Las compañías azucareras estaban protegidas por el gobierno de ocupación. Para hacerlas rentables y generar riqueza bajaban los salarios. Era un sistema imperialista de exportación de capitales. Entonces, el componente clave en materia de manos de fuerza laboral pasa a ser controlado en el área agrícola por los haitianos, no en el área industrial. El área industrial era controlada por otros extranjeros en condiciones distintas; los llamados cocolos (Descendientes de inmigrantes del Caribe de habla inglesa que llegaron para trabajar en la industria azucarera). Mientras, todos los dominicanos iban siendo marginados.

Foto: Giovanni Alvarado Fis

Esa población haitiana que llegó estaba documentada, había un registro. Llegaba por contratos estacionales que indicaban que tenían que regresar todos a su país al concluir la zafra. Desde luego eso no era tan exacto, pero es verdad que muchos regresaban.

Y eso se mantuvo durante Trujillo y todavía en los primeros tiempos de Balaguer, hasta que llegó un momento en que los empresarios dominicanos y los diversos tipos de empresas se plantearon usar más haitianos para bajar los costos y subir los beneficios. Entonces, el dominicano ya no es tomado en cuenta en labores de corte de la caña. Aquí viene una etapa de uso de mano de obra haitiana que se va exacerbando, ya no solamente en el sector tradicional del azúcar, sino en otros sectores. Primero, de manera limitada, luego creciente, hasta arropar como hoy día la gran mayoría de la mano de obra en el sector agrícola, sector asalariado.

El 80% de la fuerza laboral, para decir un número aproximado, en el sector rural está compuesto por mano de obra haitiana. Pero, además, ya eso no se detiene, ya eso ha pasado al área de la construcción, donde aproximadamente hay un porcentaje parecido y donde es todavía más injustificado porque se supone que la construcción es un sector económico donde hay mejores salarios, ya que se requiere mayor tecnificación, pero no es así. Se arguye en esto que los dominicanos no quieren trabajar, pero de nuevo, eso es falso.

P.: ¿Cómo se mide el precio de la mano de obra según la disponibilidad de los haitianos?

R. C.: Los que definen los niveles de retribución salarial en el país son los haitianos, no los dominicanos. Entonces, es muy lógico que lo que el haitiano acepta, viniendo de uno de los países más pobres del mundo, el dominicano lo rechaza. Además, son programas deliberados. Yo fui amigo de un gerente de un hotel alemán ya hace muchos años y él me confesó que él recibió una instrucción de la cadena de la jefatura de su empresa, creo que tenía siete hoteles en ese momento, donde le decían que sacara a los dominicanos y pusiera exclusivamente haitianos.

El capital no tiene patria, el capital lo que busca es dinero.  Es un problema de políticas de Estado, no de lo que quieran los empresarios o digan los empresarios; o sea, el deber del Estado tiene que ser proteger a los trabajadores dominicanos. Pero eso no se está haciendo. No se ha hecho nunca, desde hace mucho tiempo. No es de ahora, eso es de hace décadas.

P.: ¿Cuál gobierno ha protegido a los trabajadores dominicanos frente a la mano de obra haitiana?

R. C.: Lo de limitar la migración haitiana, el que lo hizo parcialmente en su último año de gobierno fue Balaguer; y ya al final, Balaguer fue cediendo a las presiones crecientes del empresariado.

P.: Se ha denunciado que hay una agenda que responde a ese incremento de ciudadanos haitianos en el país. ¿De dónde viene?

R. C.: Estados Unidos. Es muy cómodo que los haitianos vengan aquí, porque así se disminuye la presión migratoria allá. Yo pienso que ese es el origen de las presiones que ha ejercido el gobierno de Estados Unidos. Si Estados Unidos está presionando ahora yo no lo sé, pero su política tradicional ha consistido en eso; en que este país tenga frontera abierta con Haití, como una válvula de escape.

Hay organismos internacionales con esa agenda, como la Oficina Internacional de las Migraciones, OIM, que consideran que este país debe abrirse totalmente a la migración haitiana.

P.: ¿Cómo califica la dinámica de convivencia de los haitianos en el país?

R. C.: Yo creo que aquí ellos están bastante integrados. Desde luego, en la medida en que crezca el número de haitianos, y está creciendo a ritmos muy acelerados y peligrosos, entonces se va a detener ese proceso parcial de integración y se constituirán en una comunidad cerrada respecto a los dominicanos y posiblemente contra los dominicanos. Muchos haitianos tienen la creencia de que este país les pertenece. Eso se lo enseñan.

P.: También hay un aspecto cultural.

R. C.: Ellos no se entienden en Haití, porque eso es parte de la idiosincrasia haitiana. Haití es un país que nació dividido, escindido mediante la violencia. Yo he estudiado el tema y lo voy a seguir estudiando como parte de mi tarea de historiador y eso está entre las líneas fuertes de la historia haitiana. Entonces, si entre ellos no ha podido haber unidad nacional, con nosotros la cosa todavía es más compleja, porque hay diferencia de idiomas, de origen y de mentalidad. La integración de los haitianos tiene que darse sobre la base de que acepten las leyes legales y de convivencia de los dominicanos. Si no, tienen que irse. Si se quieren constituir en minoría nacional contraria a nuestro país, hay que sacarlos. No deben quedarse.

Tenemos un problema grave. He sabido de algún caso donde ellos sí tienen hostilidad hacia los valores nacionales dominicanos. Eso es intolerable.

P.: ¿A qué se refiere cuando califica de peligroso ese aumento de la población haitiana?

R. C.: A que esa población se constituya en una minoría nacional. Cuando uno va a los campos donde hay muchos migrantes haitianos y sus descendientes, ellos no se reconocen como dominicanos, aunque hayan nacido aquí. Se reconocen como domínico-haitianos, lo que es una categoría distinta. Ya no son dominicanos como nosotros; son otra cosa. Pero de ahí a dominico haitiano, si siguen creciendo, van a ser haitianos, porque la sociedad los define como haitianos y ellos se definirán como tal. Entonces viene un posible problema de corte étnico nacional.

P.: ¿Ya existe?

R. C.: Existe, pero puede agravarse a planos muy peligrosos que pongan en riesgo el futuro del país.

Foto: Giovanni Alvarado Fis

P.: ¿Podría hacer una proyección?

R. C.: No, no puedo. Ni siquiera me atrevo a decir qué número de haitianos aproximado hay en el país. Yo lo que sé es que son muchos. Dos, tres millones…por ahí anda la cosa. Ahora, yo no me atrevo a firmarlo porque no hay censos confiables. Los haitianos no se dejan censar.

Además del aspecto legal, hay un problema moral muy complejo. El haitiano viene porque en su país está en una pobreza desesperante y tiene que escapar. En Haití más de la mitad de la población pasa hambre, está entre los 10 países más pobres. Ellos tratan de irse y venir para acá es lo más fácil. Pero también ellos son traídos y son protegidos aquí por los intereses económicos, y eso se mantiene gracias al desorden en todos los planos en que vive la sociedad dominicana, entre ellos el migratorio.

Por otro lado, hay ONGs (Organizaciones No Gubernamentales) dirigidas y financiadas para respaldar la migración incontrolada haitiana en el país. Y publicistas que también trabajan en esa dirección.

P.: ¿Publicistas dominicanos en asociaciones?

R. C:. No, independientes. Yo no tengo todos los datos, pero sí yo pienso que están apoyados por organismos internacionales, particularmente de Estados Unidos. No voy a mencionarlos para no entrar en polémica.

P.: ¿Cuáles serían los primeros pasos o recomendaciones que usted propondría para enfrentar el problema?

R. C.: Yo creo que, ante todo, hay que imponer la fuerza de la legalidad, que no pueda haber violación de la legalidad en materia migratoria. Eso significa parar los intereses empresariales que se lucran abusivamente de la mano de obra haitiana y parar la corrupción, gracias a la cual la migración haitiana va en aumento. Es imperativo para el futuro del país.

Detener la migración irregular y desorganizada. Los haitianos que tienen una larga residencia en el país deben ser, digamos, integrados a un sistema legal y laboral justo. Ese es mi punto de vista. Ahora, ¿hasta dónde el país va a soportar eso? No lo sé, porque llegará un momento en el que puede haber más haitianos que dominicanos, entonces se ponga en riesgo muchos asuntos de la tradicional vida dominicana mediante la posible demanda de una sociedad binacional. Eso sería el fin de los dominicanos.

También, hay que destacar que el país tiene un dilema moral bastante delicado en ese sentido, por lo cual yo tengo también mi punto de vista sobre el futuro de los hijos de haitianos que nacieron en el país, independientemente de que tengan identidad dominicana o no; los que nacieron aquí no son culpables de nada. ¿Se les puede expulsar?, tremendo problema moral. Yo pienso que no.

Retomando el problema moral, estamos creando un monstruo, y estamos creando una sociedad profundamente injusta donde los ciudadanos haitianos son una especie de parias carentes de derecho. Tienen un enorme resentimiento, lo cual he comprobado en mis investigaciones de campo en las zonas fronterizas.

El país tiene que detener la migración haitiana y tiene que reducirla y regularizarla, de manera que los migrantes que se queden por diversos motivos tienen que estar integrados en condiciones de igualdad de derechos civiles que cualquier persona. Yo no digo derechos políticos si no son ciudadanos, pero sí civiles, o sea, que se les pague igual como a un dominicano, que no se les engañe, que haya justicia para ellos. Parte de la trama de todo esto es esa. Un ingeniero los contrata y, por ser ilegales, por ejemplo, les deja de pagar a menudo. Todo eso sucede, sucede desde siempre.

P.: ¿El dominicano es racista?

R. C.: En todos los países del mundo hay prejuicios raciales, étnicos y de otros tipos frente al otro. Aquí existen. Ahora, no es verdad, y es parte de todas las propagandas malsanas que se hacen contra nuestro pueblo, que este es un país racista o más racista que otros países. Yo diría que este es de los países menos prejuiciosos de los 70 países del mundo que yo conozco. Somos un país muy abierto y tolerante con los otros, incluyendo los haitianos.

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