Daño colateral. Las caras de la moneda

29/01/2026
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Por Santiago José

La sociedad ha evolucionado a un estado de supuesta civilización, en el que la paz social solo es posible cuando se domestican los instintos y nos sometemos a un orden transaccional. En este nuevo orden el “Homos sapiens”, evolucionado a través de los milenios, ha cedido a la fuerza y la barbarie para vivir en paz y convivencia. De forma que, abandonó la fuerza bruta del más fuerte para conformar una fuerza social en la cual los principios y valores, basados en la racionalidad, norman el diario vivir.

El primer principio al que nos aferramos es el orden y la necesaria autoridad que lo mantenga. La masa social consensúa la cesión parcial del instinto natural de sobrevivencia comprendiendo que, “la regla” precede al orden y que el orden está basado en la ley; la cual más que prohibir, delimita lo permitido a los fines de no colisionar en el ejercicio ilimitado de nuestros derechos. El derecho tuyo, el mío, el de él; el de todos, cuya cuota cedida es el sumun que da contornos a la autoridad, conformando así un esquema similar al cooperativo en la cual cada ciudadano es un ahorrante y quien la ejerce el gerente y administrador de nuestros depósitos. En derecho denominaríamos a la autoridad como “un mandatario”, con presumida capacidad para dirigir y administrar el capital depositado por encima de sus pares; pero sin perder de vista que no es titular de los depósitos y debe administrarlos como un buen páter familia.

Sin embargo, el gerente social no puede perder el objetivo de su mandato y asumir que la cuota de libertad depositada se debe a que sus administrados sean imbéciles, tarados o simplemente “pendejos” y permitir así que se desborde su ego irracional. Por el contrario, debe asumir que su ejercicio es temporal, puesto que el símil establecido en el Génesis 2.7, de que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es una media verdad y una media mentira, no es dios, ni tampoco para siempre. Debe ser cauto, puesto que su autoridad es como la moneda, tiene dos caras. Una de ellas se consagra como alma, espíritu y eternidad con el objetivo de ejercer autoridad delegada para la cosecha del bien común; y la otra cara, la más peligrosa, la del ego inflado y petulancia asqueante caracterizada por la vanidad, con la cual debe ser cauto, puesto que, exige la cuenta. Deberá presentar balances.

El mandato ejercido con pulcritud y apego a la ley, con responsabilidad y sin desbordar sus límites, constituye un paradigma que pudiéramos denominar como “el bien colateral”, educa en civismo, responsabilidad y honradez, arraigando el culto a la ley, tomando como pilar la moral y luego la normativa. No hay forma posible que, sin el culto a la primera el cumplimiento de la segunda tenga asegurada su efectividad; ya que de una manera u otra quienes las hacen a menudo las burlan.

En cambio, cuando el mandatario defrauda su mandato abusando del poder delegado para administrar, y siembra la cultura del embaucamiento y retorcedura de la verdad, falseando balances con aspavientos propagandísticos y espejismo de ilusiones, desfalcando el erario, robando sueños y vendiendo la imagen del éxito a través de ostentación con el fruto sudor robado, deslumbrando con vanidad a las nuevas generaciones, el daño colateral es incalculable. Los usos sociales se aferran al ser como una marca genética muy difícil de mutar.

Santiago José

Santiago José

Doctor en derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con másteres en derecho constitucional de la Universidad Castilla La Mancha y en derecho inmobiliario de la Universidad Federico Henríquez y Carvajal. Fue consultor jurídico en el Secretariado Técnico de la Presidencia (1994-2000) y actualmente es abogado en ejercicio con especialidad en el área civil e inmobiliaria.

2 Comments COMENTARIOS

  1. El ordenamiento establecido a raíz del Contrato Social despoja de derechos a la naturaleza que pasa así a ser un “botín-a-la-mano” presto a ser capturado por el consenso de la “asamblea de egoísmos” fundada por la polis griega y erigida en paradigma por Occidente.
    La “potestas”, en efecto, es propia del pueblo soberano; y el mandatario “manda obedeciendo”. Tal fue el legado del siglo de las luces, en tanto horizonte axiológico.
    El homo sapiens, sin embargo, extraviado como estrella errante, ha dado un salto antropológico hacia un “homo demens” que destruye su propia biosfera y propicia el surgimiento del androide galáctico.
    Ante el Trono vacío la Moral se desvanece y solo la voracidad cósmica impera.
    ¿Qué será de los hijos de nuestros nietos, después de la catástrofe?

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