
Por Andrés Julio Hirujo
La educación como vía al desarrollo
Ya está ampliamente reconocido que la educación constituye la mejor herramienta para el desarrollo de los pueblos. A lo largo del siglo XX, varios países que antes aparecían en la lista de los más pobres, como Taiwán, Costa Rica, Corea del Sur, Finlandia, Suecia y la República Popular China, lograron notables avances mediante profundas “revoluciones educativas”, cada una adaptada a sus propias circunstancias.
La experiencia dominicana: debates y avances
En la República Dominicana, durante más de treinta años, el debate sobre la necesidad de una revolución educativa fue constante. Se analizó, cuestionó, criticó y propusieron soluciones para superar el diagnóstico de que “nuestra educación tiene cuarenta años de atraso”. Se entendía que, para salir de esta situación, los países pobres debían invertir sostenidamente en educación, destinando al menos el 4% de su Producto Interno Bruto (PIB).
La firma del Pacto Estratégico por la Educación en 2012 y la aprobación del primer presupuesto con el 4% del PIB destinado a educación marcaron un hito importante. Sin embargo, la asignación presupuestaria se centró desproporcionadamente —aunque de manera necesaria— en infraestructura: construcción de escuelas, compra de terrenos, ampliación de instalaciones y reparación de aulas. De forma secundaria, se abordaron aspectos como la mejora salarial y la formación docente.
Formación docente y expectativas
Durante este periodo, el fortalecimiento del Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (Isfodosu) y la proliferación de facultades y escuelas de Pedagogía auguraban la llegada de nuevas generaciones de maestros, mejor preparados para afrontar los retos del nuevo paradigma educativo.
Avances y persistencia de problemas
En los doce años de aplicación de la ley del 4% para la educación, se han logrado superar problemas históricos como la escasez de aulas, la alimentación escolar, la provisión de material didáctico y los bajos salarios de los maestros. No obstante, persisten carencias en la adaptación al nuevo paradigma educativo, y muchos docentes han priorizado el sindicalismo tradicional sobre la formación acorde a los nuevos tiempos.
Además, la brecha entre la educación y el entorno socioeconómico continúa ampliándose. Viejos problemas y deficiencias siguen sin ser asumidos de manera directa por la comunidad educativa, lo que aumenta la distancia entre la escuela y el desarrollo nacional.
Desafíos actuales y necesidad de transformación
A pesar de que la República Dominicana se define como “un país eminentemente agrícola”, el contexto global está dominado por la revolución tecnológica, con avances como la Inteligencia Artificial. Ni el Estado ni las academias han mostrado iniciativas para invertir en el estudio y la solución de problemas ancestrales que se agravan cada día, como el reciclaje de residuos. Es fundamental que, desde la educación primaria, las escuelas estudien y comprendan su entorno para impulsar mejoras en la calidad de vida mediante estrategias ambientales sostenidas.
Propuesta para la integración educación-desarrollo
Es imprescindible transformar la academia —escuelas, liceos-politécnicos, institutos superiores y centros universitarios regionales— en el núcleo del desarrollo nacional y comunitario. Las oficinas gubernamentales deben funcionar como herramientas para implementar tareas de desarrollo de forma coordinada, y el sector privado debe encontrar su espacio en este proceso. Finalmente, se propone que cada dirección regional de Educación, especialmente si se fusionan el Ministerio de Educación (Minerd) y el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (Mescyt), se convierta en una “Dirección Regional de Educación y Desarrollo”, con objetivos estratégicos y políticas locales claras y definidas.