Navidad a distancia

La nostalgia de la diáspora
18/12/2025
6 minutos de lectura
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Fotos: Ricardo Hernández / Ilustraciones: IA

Diciembre llega con luces y música, pero para quienes viven lejos de su tierra también trae silencios que pesan. En la diáspora, la Navidad no siempre huele a canela, jengibre y nuez moscada; ni suena igual. Faltan tradiciones y compañías que solo se encuentran casa.

Más de dos millones 800 mil dominicanos viven fuera del país, siendo Estados Unidos el principal destino y en segundo lugar España, de acuerdo con el Registro Sociodemográfico de Dominicanos Residentes en el Exterior 2024. También están en Italia, Chile, Canadá y los Países Bajos.

Esta entrevista, Itania María, especialista en psicología clínica de la salud con enfoque cognitivo conductual y en terapia familiar sistémica intergeneracional, aporta contexto y sensibilidad a las experiencias que afloran en esta época del año y cómo gestionarlas.

Prisma: ¿Cuál es el peso psicológico de celebrar estas fechas lejos del calor familiar?

Itania María: Para las personas que han tenido que emigrar, las navidades -sobre todo las primeras- representan la nostalgia pura y dura; la fuerza de los recuerdos se convierte en tristeza profunda. Se extraña no sólo a la familia, sino a los amigos, las fiestas del trabajo, los programas especiales de música navideña…

Y es que celebrar estas fechas lejos de ese “patio” idealizado y del calor familiar tiene un peso psicológico importante, porque no solo se pierde un espacio físico, sino un símbolo emocional. El patio representa pertenencia, continuidad, historia compartida. Cuando no estamos ahí, muchas personas no solo extrañan a la familia, sino la versión de sí mismos que existía en ese escenario.

Hace unos años, una paciente me contó cómo pasó su primera navidad fuera del país. Era diciembre de 2007, recordó, y estaba en una ciudad francesa. Extrañaba las guirnaldas navideñas que ponían en su barrio; los intercambios con las amigas; moría por comer espaguetis “rojos” con telera, y moría por estar en la sala de su casa escuchando ‘Volvió Juanita”, de Milly Quezada, en Cima Sabor Navideño”.

Es normal que se activen sentimientos de soledad, desarraigo y duelo. Un duelo silencioso, porque socialmente se espera que las personas estén felices, agradecidos o celebrando y no siempre hay espacio para validar la nostalgia o la tristeza.

Lo importante es entender que no celebrar como antes no significa amar menos, ni estar rotos emocionalmente. Es necesario validar la emoción que se sienta, mayormente tristeza; darse el permiso para resignificar las fechas y crear nuevos rituales —aunque sean pequeños—esto ya es una forma sana de cuidarse emocionalmente.

P: En términos psicológicos, ¿qué se pierde cuando la fiesta ya no es en la casa familiar, sino en un país con tradiciones diferentes?

I.M.: Cuando se habla de “duelo migratorio navideño”, se hace referencia a una serie de pérdidas simbólicas que se activan con mucha fuerza en estas fechas. Lo primero que se pierde es el marco emocional conocido: los olores, los sabores, el clima, la música, las tradiciones… Todo eso funciona como anclaje de seguridad emocional. Cuando cambian, el cerebro siente que “algo no encaja”.

Además, la persona que migra tiene una pérdida emocional del idioma:  no es lo mismo celebrar en tu provincia dominicana o en tu barrio con cercanía, abrazos, compartiendo tragos que en un contexto donde las bromas, los códigos afectivos y la forma de demostrar cariño son distintos.

P.: ¿Cómo ayuda la tecnología? ¿acercan o marcan más la distancia física?

I.M.: Indudablemente para quien migra, la tecnología podría generar una sensación de “estar sin estar” y aunque participe desde la pantalla, con una videollamada, por ejemplo,  se es consciente de que el cuerpo está en otro lugar.  Esto puede activar culpa —por no estar presente— y tristeza al terminar la llamada tristeza.  Aquí es clave entender que la ausencia física no equivale a abandono emocional. El vínculo se sostiene de muchas formas, y estar lejos no borra la pertenencia ni el amor.

Aunque la tecnología no sustituye la experiencia física del encuentro, las videollamadas ayudan a ver rostros, escuchar voces y sostener vínculos. En ese sentido, acercan.  Pero, por otro lado, también pueden intensificar la nostalgia, porque muestran con claridad aquello que se extraña porque está lejos.

Para quienes se quedan, el desafío es validar la ausencia sin convertirla en resentimiento o silencio. Nombrar la ausencia, incluir simbólicamente al que no está, permitir la emoción sin forzar alegría, ayuda a que el dolor no se vuelva distancia afectiva.

P.: Algunos sienten presión social de compensar la ausencia con las remesas.

I.M.: Para un migrante, la presión de compensar su ausencia con dinero se puede convertir en una carga emocional importante, pues cuando el afecto se traduce en obligación económica, la persona puede empezar a sentir que su valor dentro de la familia depende de cuánto envía, no de quién es.

Por otro lado, esta necesidad de compensación generalmente viene acompañada de culpa crónica: culpa por no estar, por no volver, por haber elegido irse.  A veces, la persona migrante, se sobre exige; se endeuda y vive con ansiedad financiera debido a que debe sostener la imagen de una persona responsable, que ayuda y sostiene a su familia. Esto, a costa incluso de su bienestar emocional. A largo plazo, esto puede generar agotamiento, resentimiento silencioso y una desconexión afectiva tanto con la familia como consigo mismo.

Desde una mirada saludable, es importante tener claro que la presencia emocional no se mide en remesas; que el amor no se cuantifica en regalos ni transferencias. Lo ideal sería que los familiares del migrante recuerden que éste no debe pagar por su ausencia; y permitir que el vínculo se sostenga desde el contacto, la palabra, el interés genuino y la reciprocidad emocional.  Cuidar la salud mental también es aprender a poner límites a la culpa.

P.: Para quienes han adoptado nuevas costumbres, ¿cómo pueden disfrutar de esas nuevas realidades sin sentir que están traicionando su identidad o las costumbres familiares?

I. M.: Desde la psicología entendemos que la identidad no es algo rígido, sino un proceso vivo: adoptar nuevas costumbres no significa traicionar lo que somos, sino ampliar nuestra historia personal. El conflicto aparece cuando la persona siente que debe elegir entre “lo de antes” y “lo de ahora”, como si fueran excluyentes.

Es importante aprender a disfrutar de las nuevas realidades y ventajas que ofrece migrar; disfrutarla sin culpa, lo que implica cambiar el diálogo interno: no se trata de reemplazar la cultura de origen, sino de sumarle capas. Uno puede comer diferente, celebrar distinto, adaptarse… y seguir siendo profundamente dominicano en valores, afectos, lenguaje y sentido de familia. La identidad no se pierde por adaptación; se pierde cuando dejamos de reconocernos y validarnos.

Un ejercicio recomendado es crear rituales híbridos: mezclar lo nuevo con lo propio. Una comida típica en otro clima, una llamada familiar mientras se vive una celebración distinta, una música que conecte con el origen. Adaptarse no es traicionar; es sobrevivir y crecer sin romper con el amor de dónde venimos.

P: ¿Cuáles son las claves para que el familiar que se queda pueda apoyar emocionalmente a su pariente para que la Navidad no sea un recordatorio constante de ausencia?

M.: La primera clave es validar sin dramatizar; que el familiar que se queda pueda reconocer la ausencia —“te extrañamos”, sin convertir la conversación en un lamento constante. Mantener el vínculo desde el amor, no desde la culpa, ayuda a que la época navideña se viva como conexión y fortalecimiento de vínculos.

La segunda clave es incluir activamente al que está fuera, no solo recordarlo. Hacerlo parte de decisiones, de anécdotas, de pequeños gestos —una llamada a una hora acordada, brindar juntos en una videollamada, mostrar el plato que se preparó— refuerza la sensación de pertenencia. No se trata de fingir que está presente, sino de hacerle sentir que sigue siendo parte de la familia.

Y la tercera clave es no medir el amor en sacrificio. Evitar frases que carguen al migrante de culpa —“aquí todo es difícil sin ti”, “esto no sería igual si estuvieras”.  Cuando la familia celebra la conexión más que la ausencia, la Navidad deja de ser un recordatorio de lo que falta y se transforma en una afirmación de que el amor puede sostenerse en la distancia.

Perfil

Itania María es psicóloga clínica con dos maestrías: una en psicología clínica de la salud con enfoque cognitivo conductual y una maestría en terapia familiar sistémica intergeneracional.  También es especialista en terapia dialectico conductual para el abordaje terapéutico a personas que viven con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). Tiene una especialidad en abordaje a personas que viven violencia de género; y actualmente finaliza una especialización en psicooncología. 

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